Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos en la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo, menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo ante sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico y, debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó, el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero en seguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
Este es un blog pensado para compartir con amigos y alumnos información, trabajos, dudas, sugerencias y, por qué no, buena literatura. Espero que sea de utilidad y... bienvenidos!
martes, 12 de marzo de 2013
domingo, 11 de marzo de 2012
TÁCTICA Y ESTRATEGIA DE LAS ESCONDIDAS, de Alejandro Dolina
TÁCTICA Y ESTRATEGIA DE LAS ESCONDIDAS, de Alejandro
Dolina
No se sabe muy bien cuáles eran los verdaderos fines de la
Sociedad Amigos de la Escondida, En cambio está bien claro que tales fines no
se cumplieron.
Sin embargo, hace ya algunos años, la entidad solventó la
edición de un pequeño folleto titulado Reglamentos, táctica y estrategia del
juego de la escondida. En su momento, el trabajo despertó agudas
controversias.
Hoy que los ánimos están amansados hemos querido exponer el
asunto ante nuestros lectores, quienes seguramente ignoran la mayor parte de
los detalles de este juego en vías de extinción.
-CAPITULO I- del número de los jugadores
Puede jugar a la escondida un número cualquiera de
jugadores. El mínimo es uno. Cabe señalar que en este caso el juego es
especialmente aburrido: el único jugador se busca a sí mismo o -lo que es aún
más tedioso- busca a otros inexistentes jugadores hasta que se desalienta y
abandona.
Con dos participantes se gana un poco en acción y puede
decirse que el clima ideal se logra cuando intervienen más de seis y menos de
veinte personas.
Asimismo cabe advertir que resulta sumamente engorroso
desarrollar el juego con más de ochenta jugadores. Los buscadores equivocan los
nombres de quienes se ocultan y con toda frecuencia se ven obligados a llevar
un registro escrito en el que constan las personas que ya han sido descubiertos
y las que aún permanecen en lugares desconocidos. Por otra parte, es fácil
razonar que cuanto mayor es el número de jugadores, más trabajoso será hallar
escondites vacantes, con el consiguiente deslucimiento del juego.
-CAPITULO II- el lugar donde se juega
La escondida puede practicarse tanto en lugares abiertos
como en recintos cerrados. Siempre es preferible elegir horarios nocturnos,
pues las tinieblas suelen mejorar la calidad de los escondrijos.
Así, cuando se juega en casas o departamentos, convendrá
activar las luces, Aquí se hace indispensable tiene aclaración fundamental: es
necesario que antes de comenzar el juego se fijen expresamente 1os límites
geográficos de su extensión. Fuera de ellos estará prohibido esconderse.
Algunos heresiarcas pasan por alto esta acotación y nos
hallamos entonces ante un juego cuyo marco es el mundo entero. Es así como
muchos jugadores se esconden en barrios alejados y aun en otras provincias,
retrasando el desenlace de la competencia hasta él punto de arruinarla por
completo.
Nota: el folleto no menciona la interesante opinión de
Manuel Mandeb, quien creyó entender que la escondida era un juego sin limites.
Para el pensador árabe la escondida perfecta debía ser jugada por toda la
estirpe humana, su escenario era el universo y su duración, la eternidad. Así,
el propósito final de la Historia puede consistir en el nacimiento de un futuro
elegido, que se encargar de librar para todos los compañeros en un acto que
marcará el fin de los tiempos.
-CAPITULO III- finalización del juego
La escondida no tiene ganadores ni perdedores. Por eso la
finalización del juego debe fijarse en forma arbitraria, pero manifiesta.
Muchas veces los jugadores abandonan la competencia sin avisar a nadie y muchos
participantes tenaces permanecen ocultos durante horas sin que nadie se moleste
en buscarlos.
Los miembros de esta Sociedad conocen perfectamente algunos
casos célebres de obstinación. Vale la pena mencionar la gesta del joven Luis
C. Cattaldi, que permaneció catorce meses en el quicio de una puerta de la
calle Motón, cogoteando sigilosamente en dirección a la Piedra. Los habitantes
de la casa solían llevárselo por delante cuando salían y -a veces- le acercaban
algún alimento, finalmente Cattaldi regresó a su domicilio, gracias a los
consejos de una comisión de ésta misma Sociedad.
-CAPITULO IV- desarrollo del juego
La idea fundamental de la escondida es que todos los
jugadores se oculten, con la excepción de uno, que ser el encargado de buscar
al resto.
Para dar tiempo a la elección de escondite y a la correcta
instalación de cada uno en el suyo, el buscador escondiera el rostro contra la
pared, como si llorara, y permanecerá en esta posición durante algunos
segundos, La medición de este lapso, la efectuará el propio buscador citando la
serie de números naturales en voz alta, hasta llegar a una cifra convenida con
antelación (por ejemplo, 50). Acto seguido, a modo de advertencia, deber
declamar algún pareado revelador. El usual es "Punto y coma el que no se
escondió se embroma". El lugar donde el buscador realiza este ritual se
conoce con el nombre de "Piedra". Inmediatamente comienza la parte
más divertida. El buscador recorre el campo de juego y revisa los lugares en donde
sospecha que hay alguien. Cuando descubre a algún jugador oculto sale corriendo
en dirección a la Piedra, la toca y grita "Piedra libre para Fulano"
Siempre deberá referirse a la persona descubierta de un modo tal que su
identidad quede fuera de toda duda. Este punto es muy importante, como ya
veremos en otro capitulo.
A su turno, el jugador descubierto puede abandonar su
refugio y correr hacia la Piedra tratando de tocarla antes que el buscador. Si
lo consigue, será el quien grite "Piedra libre" y a los efectos del
juego se reputará que no ha sido hallado.
Por otra parte, todos los jugadores pueden abandonar
repentinamente su escondite y llegarse hasta la Piedra, aun cuando no hayan
sido descubiertos. Pero si el buscador los sorprende en su excursión y se les
adelanta en la carrera hacia la Piedra, se les considerará encontrados.
El primero de los jugadores que pierda la carrera hacia la
Piedra recibirá como castigo- la obligación de contar en el lance siguiente.
Sin embargo, hay un recurso extremo: el último de los jugadores que permanezca
escondido puede aventajar al buscador y gritar "Piedra libre para todos
mis compañeros".
Cuando esto ocurre, el buscador deberá contar
nuevamente.
Desde luego, ya puede colegirse que el participante capaz de
culminar exitosamente esta jugada recibirá la admiración y el respeto de
todos.
-CAPITULO V- Distintas tácticas
Existen buscadores conservadores y buscadores audaces.
Los primeros no se alejan jamás de la Piedra. Tratan, por lo
general, de esperar que alguien cometa un error o trate de cambiar de
escondite. Esta raza conspira contra la calidad del juego.
En cambio el buscador audaz abandona las inmediaciones de la
Piedra y marcha hacia los confines del campo. Se trepa a los árboles, ingresa a
los armarios y rastrea minuciosamente los yuyales. Claro, siempre corre el
riesgo de ser sorprendido por los jugadores que se han ocultado en la zona
opuesta, Pero el juego se torna vivaz y lleno de matices. Abundan las carreras,
los rodeos y las sorpresas.
Existen también los buscadores zorros, que amagan dirigirse
a la derecha para tentar a quienes se esconden por la izquierda. En cierto
momento, salen disparados hacia el otro sector y así es como sorprenden a
muchos jugadores novatos que abandonan prematuramente su refugio.
Entre los que se esconden, también hay distintas escuelas.
Algunos prefieren los escondites sencillos pero de fácil salida, como los
umbrales de las puertas. Otros los eligen complicados y de salida engorrosa: la
copa de los árboles, el fondo del canasto de la ropa, etc., Hay también quienes
van rotando su escondite y cambian de posición mientras observan los
movimientos del buscador.
Los mejores son los exquisitos, que inventan guaridas que
sólo ellos conocen y no las revelan jamás. Esta clase de jugadores es la más
temida por los que cuentan, pues muy a menudo libran para todos los
compañeros.
Sin embargo, el escondite no debe ser nunca impenetrable. A
decir verdad, el escondite perfecto termina con el juego.
En 1959, en una escondida que se realizó en Villa del
Parque, el abogado Gerardo Joseph se escondió de un modo tan eficaz, que nunca
más fue visto en ninguna parte. Todavía hoy muchos de sus amigos recorren la
barriada gritándole que salga.
Un exitoso cuento de Edgar Allan Poe insinúa que el mejor
escondite es aquél que está a la vista de todos. En esa narración, todo el
mundo busca infructuosamente una carta que en realidad había permanecido
siempre a la vista.
Esta teoría podría ser buena para los cuentos policiales, pero no
sirve en la escondida. Infinidad de jugadores han pretendido pasarse de vivos
parándose a un metro de la Piedra con cara de disimulo. El resultado siempre es
el mismo: el buscador mira extrañado y luego, casi con estupor, murmura: "Piedra
libre para el Pololo, que está ahí parado".
-CAPÍTULO VI- infracciones, errores y malentendidos
Puede ocurrir que el buscador descubra a un jugador oculto,
pero equivoque su identidad. Esto es muy frecuente en los juegos nocturnos, Cuántas
veces se grita "Piedra libre para la Amanda": después de haber visto
a Julián!
El reglamento le permite a Julián denunciar el error al
grito de ¡Sangre!
Esta expresión debe traducirse como Reclamo! o, mejor aún, ¡Objeción!
Si la gestión prospera y se comprueba la equivocación, el
buscador deberá contar nuevamente.
El mismo recurso podrá interponerse cuando se sospeche que
el buscador espía o cuando se produce algún hecho exterior que dificulta la
normal prosecución del juego. (Por ejemplo, una grave lesión de uno de los
jugadores o la súbita llegada de un tío al que hay que saludar.
-CAPITULO VII- escondites individuales y colectivos
Muchos deportistas prefieren esconderse solos. Otros, en
cambio, se complacen en compartir su refugio, particularmente con personas del
sexo opuesto.
Esta última variante es muy bien vista en los círculos
elegantes y constituye una excelente oportunidad para acrisolar amistades y
hasta para sellar romances.
Lo más apropiado es elegir un escondite alejado de la
Piedra. El lugar debe ser pequeño para lograr una proximidad alentadora, oscuro
para invitar a la confidencia y hermético para evitar ser sorprendidos.
Manuel Mandeb refiere una experiencia personal en su libro
"Mis amores frustrados". Veamos:
"En tres años de jugar juntos a la escondida jamás
había tenido la ocasión de compartir un lugar con Beatriz Velarde. Siempre
había alguien que se me adelantaba. Al parecer, Beatriz tenía comprometidos sus
escondites por varios años.
Una noche de primavera, en el callejón de la Estación
Flores, mientras contaba el ruso Salzman, vi que Beatriz entraba solita a la
casa amarilla abandonada que hay en una esquina. Piqué tras ella y alcanzamos a
acomodarnos debajo de un fogón en ruinas.
Estaba muy oscuro y alcancé a notar su aliento de chiclets
Adams . Los arrabales de su pelo saludaban mi boca .
-Te quiero -le dije suavemente.
-Decímelo mejor contestó Beatriz Velarde.
Empecé a pensar algo ingenioso, cuando entró el ruso Salzman
y brutalmente señaló el final de mi romance.
-Piedra libre para el Turco y Beatriz
-Sangre, sangre grité yo y era cierto, aunque no me lo
creyeron.
Nunca más volví a estar a solas con Beatriz y aquella fue la
última vez que jugué a la escondida".
El folleto de la Sociedad Amigos de la Escondida tiene
algunos otros capítulos de menor interés: las ropas más convenientes, uso y
abuso de los ligustros, aprovechamiento de carros en marcha, ocultamiento en
medio de un familión en transito, etc.
En estos días en que la Sociedad ya se ha disuelto y los chicos
prefieren otros entretenimientos más científicos, no está de más recomendar
calurosamente la práctica de la escondida. Este humilde cronista hace mucho
tiempo que no encuentra ocasión de mostrar su destreza en tan apasionante
disciplina.
Si algún lector piadoso desea invitarme a jugar, acepto
complacido.
Aunque me parece que ya es demasiado tarde.
La decadencia de la bolita, de Alejndro Dolina
La decadencia de la
bolita, de Alejndro Dolina
Resulta difícil hablar sobre la desaparición del juego de la
bolita sin entrar en espinosas controversias. Desde luego se trata de un asunto
complejo y puede ser examinado según criterios muy diferentes.
Las personas sencillas afirman simplemente que se trata de
una decisión de los chicos, arbitraria, inexplicable y - por lo tanto - indigna
de ser discutida.
Los psicólogos, antropólogos, electrotécnicos y aun los
contadores suelen llamar la atención sobre la influencia de otros
entretenimientos de emoción mas sostenida, como la televisión, el billar
japonés, el cerebro mágico o las palabras cruzadas.
Los Refutadores de Leyendas niegan que haya existido jamás
un juego semejante y se oponen con argumentos inexpugnables al mito de la vieja
niñez romántica.
Por el contrario, los Hombres Sensibles aseguran que la
desaparición del juego de las bolitas es el resultado de una conjura universal.
Este punto de vista es muy interesante y vale la pena
elucidarlo.
En su monografía Faltan Bolitas, el pensador de Flores,
Manuel Mandeb, plantea un interrogante que nos deja perplejos. Veamos.
"... Este juego parece haber empezado a languidecer en
1960. Pero puede afirmarse que en ese momento ya hacia por lo menos cincuenta
años que se jugaba. Entonces había veinte millones de habitantes en el país, y
no era demasiado audaz afirmar que, en el medio siglo de su auge, el juego de
la bolita había sido practicado por diez millones de individuos en uno y otro
momento de sus vidas. Ahora bien: ¿ cuántas bolitas poseía cada niño
aficionado, como promedio? Digamos cincuenta. Multipliquemos: cincuenta por
diez millones. Son quinientos millones de bolitas. Bien, volvamos al presente:
alguno de ustedes ha visto una bolita en el último año? Seguramente no. Yo
pregunto: ¿ dónde están los quinientos millones de bolitas? ¿ Quién las
tiene?”
"Y no me digan que el tiempo las destruyo porque el
viento y la lluvia no son suficientes para destrozar una bolita... “
"...Las canchas han sido arrasadas y hasta
pavimentadas, los hoyos fueron rellenados, los jugadores se han visto tentados
por otras disciplinas. Alguien esta borrando todo vestigio del paso de las
bolitas por esta tierra..."
Inspirado quizás en el trabajo de Mandeb, este texto
pretende asentar las reglas, la técnica y la estrategia de las bolitas. La
tarea no es tan fácil como parece. A favor de la campaña desarrollada por los
Refutadores de Leyendas y Los Amigos del Olvido, casi nadie recuerda los
reglamentos. Por lo demás, todos sabemos que en cada cuadra había matices en la
interpretación de cada norma lúdica.
No obstante, luego de la publicación de esta nota, es
probable que algún pequeño número de Pibes Sensibles se ponga a jugar, aunque más
no sea a modo de desplante ante el Universo.
I - LAS BOLITAS
Se trata de pequeñas esferas, casi siempre de vidrio. Su
diámetro es variable: las más chicas se llaman piojos o pininas, las medianas
son las más frecuentes y están también las grandes o bolones, que suelen
utilizarse en el juego del Triángulo.
Años taras podían reconocerse diferentes pelajes de bolitas.
Las más hermosas eran las lecheras. En ellas predominaba el blanco, siempre
mezclado con algún otro color. Eran semiopacas, no se podía ver a través de
ellas y la variedad de diseños y combinaciones era enorme.
Estaban también las semitransparentes, de colores fríos,
casi siempre verdes o azules. Eran como cachos de sifón. En el interior a veces
se adivinaba un filamento gelatinoso y más bien repugnante. Salvo excepciones,
eran unas bolitas de porquería. Sin embargo, la última generación de niños
jugadores solo conoció esas bolitas.
Las lecheras desaparecieron misteriosamente. Miles de
personas jamás han visto una.
Las más recientes son las llamadas bolitas japonesas más
livianas que las convencionales, y totalmente inútiles para jugar. Su aspecto
es el de una esfera transparente con un papelito de color en su interior.
Todo niño poseía una bolita preferida, que era la que
utilizaba para jugar. Se la llamaba puntera. El resto de las bolitas servia
para pagar las deudas provenientes del juego. Si acaso una racha adversa
obligaba al niño a entregar la puntera, se le otorgaba a esta noble bolita el valor
de cuatro o cinco.
También pueden citarse - como curiosidad - las bolitas de
barro, los aceritos y hasta las de plástico (indefectiblemente ovaladas).
La identidad de los fabricantes de bolitas es un enigma.
Nunca hubo marcas, ni envases ni publicidad. Algo muy raro debe haber en todo
esto.
II - EL JUEGO DEL HOYO Y LA QUEMA
Pueden participar dos o más jugadores, El juego tiene lugar
en una cancha de unos 5 metros de largo por 2 de ancho. La superficie de este
terreno debe ser de tierra, pareja y árida, tal como la de las canchas de
bochas aunque no tan blanda.
Es de buen gusto que un pequeño árbol se sitúe en uno de los
costados. En realidad, los mejores lugares para instalar canchas de bolitas son
los rectángulos de tierra que existen en las veredas del Gran Buenos Aires. En
la Capital, como se sabe, las veredas llegan hasta el cordón y los espacios sin
baldosas que rodean a los árboles son insuficientes.
Por eso los chicos de la Provincia han sido siempre más
diestros en este juego.
Hay cuatro líneas que limitan la cancha y una que la divide
en dos, llamada mita. En el centro exacto de una de esas dos mitades, se
encuentra el hoyo.
Y aquí nos topamos con otro punto de discusión. Algunos
prefieren excavar el hoyo con una chapita de naranjin. Otros entierran una
bolita y, después de extraerla ensanchan el cráter resultante. Los más
desaprensivos clavan el taco en la tierra, y lo hacen girar, obteniendo de este
modo enormes cacerolas que desvirtúan el carácter del juego.
Los jugadores se sitúan detrás de la línea de salida, que es
la línea más corta más lejana del hoyo. Uno a uno van lanzando sus bolitas,
tratando de colocarlas en el lugar más cercano al citado agujero. Esto es de
capital importancia, pues después del tiro de salida, el primero en jugar será
quien se encuentre más próximo al hoyo. De este modo, si uno observa que el
jugador anterior ha conseguido arrimar demasiado bien, mejor será que no trate
de superar esa marca y busque los lugares más seguros de la cancha.
El objeto del juego, aclaremos, es embocar en el hoyo y
hacer impacto en las bolitas de los contrarios (quema). Los jugadores quemados
van egresando del juego y pagando a quien los quemo. Cuando queda solamente
uno, termina la ronda y comienza otra.
Cada participante va evolucionando con su bolita conforme a
una cierta estrategia.
Algunos persiguen a su presa y se van acercando cada vez
mas, aun a riesgo de quedar ofreciendo un blanco fácil. Otros buscan siempre
los lugares lejanos y hacen tiros largos (es decir rugen). Si una bolita sale
fuera de la cancha debe permanecer en el lugar donde ha quedado para que los
otros jugadores le tiren, si así lo desean. Al corresponderle nuevamente el
turno, el jugador podrá efectuar su tiro desde cualquier punto de la línea
atravesada por su bolita al salir.
III - LA BOLITA Y EL CANTO
Para obtener prioridades y anunciar decisiones o reclamar la
vigencia de ciertas reglas es necesario - en la bolita - pronunciar a voz en
cuello algunos conjuros predeterminados. Veamos una pequeña colección de
ellos.
Bolita cola: es en realidad la invitación o desafío a jugar
y también la reserva del privilegio de tirar ultimo. También puede decirse
Bolita cola, no puntie, esclarecedora frase que indica que uno no tiene
intenciones de someterse a ningún punteo o arrimada previa, para establecer el
orden de salida.
Mita al medio, buena al tiro: canto que solo puede realizar
el que tira ultimo en la salida. Si el tipo considera que alguno de sus rivales
esta demasiado cerca del hoyo, le suelta el canto y le da el hoyo por embocado.
Pero - eso si - lo obliga a poner su bolita en la mita, expuesta a su disparo
inicial.
Buen repe: ante la proximidad de la pared, se grita este
conjuro para indicar que si el impacto se produce de rebote, también será
valido. El canto contrario es mal repe.
Pica paso: declaración de voluntad que asegura la
posibilidad de colocar nuestra bolita a un paso de distancia, si un pique
traicionero la pone a merced del rival. Algunos niños tahúres suelen retrucar
de hormiguita, para reclamar que el paso sea pequeño. Voladora, agrega,
entonces el primer niño. Y se manda un paso de cuatro metros. También puede
aullarse pica no paso.
Cuantas quiera: Como el jugador que emboca en el hoyo o
realiza una quema vuelve a tirar, muchos niños proceden a sacudir tres o cuatro
quema seguidas a la misma bolita, con el fin de irse acercando a otros
objetivos. Para poder hacerlo debe pronunciar las palabras que encabezan este
fragmento.
Corta, retira no garpa: salvedad con que el pequeño que va
ganando anuncia su derecho a abandonar el juego en cualquier momento, sin que
este raje le resulte oneroso.
Bien sonati: exigencia más bien ranfañosa, según la cual se
pretende que los impactos hechos en nuestra bolita hagan ruido o no se
paguen.
Mueve pajita, garpa bolita: pareado pentasílabo que es de lo
ultimo y se profiere cuando la bolita contraria esta en medio del
pastito.
Existen infinidad de fórmulas buena línea recorrida, hoyo
antes de quema, buena mengua, etc. Cuando se quieren evitar los reces que provocan
estos cantos, se juega a todas buenas, es decir, sin cantar.
IV - COMO EMPUÑAR LA BOLITA
Para efectuar el disparo, debe colocarse la mano izquierda
alzándose sobre sus dedos en el punto exacto donde estaba la bolita. La mano
derecha descansara sobre la izquierda y empuñara la bolita. Los zurdos harán
exactamente lo contrario.
Hay dos formas clásicas de tomar la bolita: la antigua,
despreciada muchas veces, y la moderna. En la primera la bolita se aloja detrás
del índice. En la segunda, detrás del mayor, sirviendo el índice como guía o
mira.
Hay algo más. Algunos pibes muleros suelen extender la mano
hacia adelante acercándose a la bolita del adversario. Esta demasía se conoce
con el nombre de ganfia o gañote y es el origen de innumerables reyertas.
En este punto conviene aclarar la existencia de otros juegos
de bolita: el triángulo, el gayito, la troya, la cuarta. Pasaremos por alto la
complicada explicación de sus reglas.
El pasto ya ha crecido sobre las canchas. Los chicos ya no
tienen las rodillas sucias. Los pantalones de medidas infantiles no tienen
bolsillos. El pavimento y las baldosas lo cubren casi todo. Mandeb quizá tenía
razón.
Existe una conjura universal para impedir el juego de la
bolita.
Alguien tiene que ocuparse de indagar las razones de este
complot y - si es posible desbaratarlo.
Y hay que encontrar los quinientos millones de bolitas
perdidas.
Hace pocos días, el autor de esta nota trato de dar con el
frasco donde guardaba unas pocas docenas. No estaba. Tampoco estaba la caja de
las chapitas, el álbum de figuritas ni el trompo ni los autitos con
masilla.
Algo malo debe estar ocurriendo.
“Sueño de dragón”, de Gustavo Roldán
“Sueño de dragón”, de Gustavo Roldán
A los dragones les gusta soñar. Les gusta porque siempre
sueñan cosas hermosas. Los sueños de los dragones no son como los otros sueños,
un humo que se va. Son sueños que van tomando forma hasta que se los mira y se
los ve de cuerpo entero. Si un dragón sueña con un árbol enorme, lleno de
flores, cuando se despierta encuentra a su lado un lapacho un ceibo o un
jacarandá. Si sueña con mariposas, apenas abre los ojos ve un mundo de
mariposas con alas doradas, con alas azules, con alas de todos los colores
revoloteando por el monte.
¿Cómo, si no fuera por los sueños de un dragón, podríamos
entender que de repente aparezcan millares de golondrinas en el cielo? ¿Cómo
podríamos explicarnos que de un día para otro el campo se llene de flores
rojas? ¿Cómo podríamos entender que de la nada salga un arco iris? ¿De dónde
aparece un sol radiante en medio de la lluvia?
Sólo se explica por el sueño de un dragón. Y los dragones
quedan contentos con sus sueños, porque saben que producen cosas hermosas. Pero
una vez un dragón tuvo una pesadilla. Soñó con una espantosa serpiente de siete
cabezas, horriblemente perversa, que quería destruir el mundo entero.
- ¡Odio las flores!- dijo una de las siete bocas.
- ¡Odio los pájaros!- dijo otra mostrando los colmillos
repletos de veneno.
- ¡Odio los monos!- dijo una tercera cabeza.
- ¡Los mataremos a todos!- dijo otra.
- ¡Los mataremos y los comeremos!- rugió la quinta.
-¡A los monos y a todos los animales del mundo!
- ¡Y los comeremos y los comeremos y los comeremos!- dijo la
séptima.
Entonces se despertó el dragón y alcanzó a ver las siete
cabezas que se perdían a la distancia buscando monos y pájaros y flores y a
todos los animales del mundo para matarlos y comerlos.
-¡Qué hice!- se asustó el dragón.
Pero no había tiempo para lamentos, y corrió por el sendero
marcado por la serpiente donde no quedaban ni rastros de flores ni de animales.
El dragón voló y pasó por arriba de la serpiente y bajó cortándole el camino.
-¡Qué lindo dragón!- dijo una cabeza.
-¡ Lo mejor para comenzar a comer!-dijo la segunda.
La tercera no habló. Ya había estirado su cuello con la
velocidad de una centella hacia el cuerpo del dragón. Fue un movimiento casi
invisible por la rapidez, pero el dragón que sabía con quién estaba soñando, ya
no estaba en ese lugar.
-¡Así me gusta! –dijo otra cabeza.
-¡Qué bien que pelea!
-¡Así nos podemos divertir!
-¡Sólo matar y comer es aburrido!
-¡Lo mejor es pelear!
-¡Pelear y matar y comer!
Y la serpiente atacó largando mordiscones para un lado y
para el otro.
El dragón se las veía negras tratando de golpear con sus
poderosas garras alguna de esas cabezas que nunca estaban en el lugar donde
llegaba el golpe. Apenas logró en un momento rozar a la serpiente con las
garras y sacarle una escama del cuerpo. Apenas una escama que voló y cayó a lo
lejos. Entonces probó con el fuego. Nada en el mundo podía resistir el fuego de
un dragón. Dio un paso para atrás, resopló, y largó la llamarada roja más
grande que nunca hubiera largado un dragón. Un fuego espantoso, largo, oscuro,
que recorrió todo el espacio donde estaba la serpiente. Ardieron los árboles de
alrededor y la tierra despidió un humo espeso, enrojecida por el calor.
El dragón miró el humo que comenzaba a borrarse, buscando
los restos de la serpiente, y se distrajo. Cuando se dio cuenta del tremendo
salto de la serpiente, ya que estaba envuelto en sus poderosos anillos. Las
siete cabezas gritaban y reían y giraban enloquecidas.
-¡Dragón estúpido! ¿No sabías que no hay nada que nos guste
más que el fuego?
-¡El fuego nos entusiasma como ninguna otra cosa!
El dragón tiraba tremendos golpes, pero las cabezas siempre
estaban en otro lugar, y los anillos de la serpiente apretaban cada vez más.
Entonces el dragón voló, voló hasta muy arriba, cerca de las estrellas, donde
el frío es como el espanto y todo se convierte en un hielo de muerte que sólo
aguantan los dragones.
-¡Eso, un poco más alto! Después del fuego no hay nada que
nos guste más que el frío- gritaron las siete cabezas.
Entonces el dragón bajó, bajó como una flecha, se zambulló
en el medio del río, en esa zona profunda donde no llegan ni los peces. Así
ahogaría a la serpiente.
-¡Eso, eso!- gritaron las siete cabezas -. Nada nos gusta
más que estar bajo el agua. Pero después queremos otro poco de fuego.
La serpiente seguía enroscada en el dragón. Siete días y
siete noches volaron, lucharon, cayeron, nadaron, subieron, bajaron, siempre
como un solo cuerpo. Sin descansar. Al final, en un descuido de la serpiente,
el dragón logró escapar de sus anillos. Pero ya no sabía qué hacer. Había
probado todas sus argucias y había usado toda su fuerza de dragón, pero la
serpiente parecía invencible.
-¡Nos estamos divirtiendo como nunca!-gritaron las siete
cabezas.
-¡Jamás nos había pasado algo tan hermoso! ¡Te queremos,
dragón! ¡Que esta pelea no se acabe en mucho tiempo!
-¡Nos aburren las peleas tontas con animales tontos!
-¡Queremos pelear, pelear y pelear!
-¡Atacá de nuevo, dragón! ¡Te estamos esperando!
El dragón retrocedió un poco.
-¡Estás escapando, dragón cobarde!
El dragón pensó en volar, volar muy alto y muy lejos, y
olvidarse para siempre de esa serpiente. Pero entonces ella mataría a todos los
animales. No había caso. Escapar no servía. Pero si…quizás sí podría servir…
El dragón voló hacia lo alto. Subió y subió, burlándose de
la serpiente, mientras las siete cabezas lo llenaban en insultos. Y legó hasta
el lugar más alto, arriba de todas las nubes y las sombras. Entonces planeó en
círculos. En grandes círculos, dejándose llevar por el viento. Y allí, mientras
planeaba, cerró los ojos y se durmió.
Ya sabía lo que tenía que soñar. Y soñó.
Soñó con pájaros y
flores, soñó con ríos crecidos, soñó con el arco iris, y cuando en medio del
sueño apareció la serpiente de siete cabezas que peleaba enloquecida de furia,
se dio vuelta en el aire para borrar su sueño. Porque los sueños se borran si
uno se da vuelta para el otro lado mientras está soñando. La serpiente se
borró. Se borró de golpe, sin dejar ningún rastro de serpiente. Entonces el
dragón abrió los ojos. Estaba cansado, pero voló muy rápido para volver a ver
el sitio de su pelea. El lugar estaba como antes. Como siempre. Estaban los
árboles y las flores. Estaban las mariposas y los monos. Y no había rastros de
la serpiente. Ningún rastro de la pelea.
Apenas una escama que brillaba y no brillaba en el suelo.
Apuntes del fútbol en Flores, de Alejandro Dolina
Apuntes del fútbol en Flores, de Alejandro Dolina
En un partido de fútbol caben infinidad de novelescos
episodios. Allí reconocemos la fuerza, la velocidad y la destreza del
deportista. Pero también el engaño astuto del que amaga una conducta para
decidirse por otra. Las sutiles intrigas que preceden al contragolpe. La
nobleza y el coraje del que cincha sin renuncios.
La lealtad del que socorre a un compañero en dificultades.
La traición del que lo abandona. La avaricia de los que no sueltan la pelota. Y
en cada jugada, la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, la
estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto.
Los Hombres Sensibles pensaban que el fútbol era el juego
perfecto, y respetaban a los cracks tanto como a los artistas o a los héroes.
Se asegura que los muchachos del Ángel Gris tenían un
equipo. La opinión general suele identificarlo con el legendario Empalme San
Vicente, conocido también como el Cuadro de las Mil derrotas.¶Según parece, a
través de modestas giras, anduvieron por barriadas hostiles, como Temperley,
Caseros, Saavedra, San Miguel, Florencio Varela, San Isidro, Barracas, Liniers,
Nuñez, Palermo, Hurlingham o Villa Real.¶El célebre puntero Héctor Ferrarotti
llevó durante muchos años un cuaderno de anotaciones en el que, además de datos
estadísticos, hay noticias muy curiosas que vale la pena conocer.
En Villa Rizzo, todos los partidos terminan con la
aniquilación del equipo visitante. Si un cuadro tiene la mala ocurrencia de
ganar, su destrucción se concreta a modo de venganza. Si el resultado es una
igualdad, la biaba obra como desempate. Y si, como ocurre casi siempre, los
visitantes pierden, la violencia toma el nombre de castigo a la torpeza.¶En
ciertas ocasiones, los partidos deben suspenderse por la lluvia u otras
circunstancias. En ningún caso se extrañará la estrolada, que llegará sin
fútbol previo, pura, ayuna de pretextos.
- En Caseros hubo una cancha entrañable que tenía un árbol
en el medio y que estaba en los terrenos de una casa abandonada.
- En un potrero de Palermo, había oculta entre los yuyos una
canilla petisa que malograba a los delanteros veloces.
- Cierto equipo de Merlo jugaba con una pelota tan pesada
que nadie se atrevió nunca a cabecearla.
- En un lugar preciso de la cancha de Piraña acecha el
demonio.
A veces los jugadores pisan el sector infernal, adquieren
habilidades secretas, convierten muchos goles, triunfan en Italia, se entregan
al lujo y se destruyen.
Otras veces los jugadores pisan al revés y se entorpecen, juegan
mal. Son excluidos del equipo, abandonan el deporte, se entregan al vicio y se
destruyen. Hay quienes no pisan jamás el coto del diablo y prosiguen
oscuramente sus vidas, padecen desengaños, pierden la fe y se destruyen.
Conviene no jugar en la cancha de Piraña. Las últimas
páginas del cuaderno de Ferrarotti contienen historias ajenas. Algunas de ellas
muestran un conmovedor afán literario. Veamos.
Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de
comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a
oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de
estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les
pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o
Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador
que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de
su existencia.
Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del
Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos.
Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis
goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el
partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.
Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba.
Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo.
Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera
división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido
sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde,
todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno.¶
El referí demasiado justo
El colorado De Felipe era referí. Contra la opinión general
que lo acreditó como un bombero de cartel, quienes lo conocieron bien juran que
nunca hubo un árbitro más justo. Tal vez era demasiado justo.
De Felipe no sólo evaluaba las jugadas para ver si sancionaba
alguna infracción: sopesaba también las condiciones morales de los jugadores
involucrados, sus historias personales, sus merecimientos deportivos y
espirituales. Recién entonces decidía. Y siempre procuraba favorecer a los
buenos y castigar a los canallas.
Jamás iba a cobrarle un penal a un defensor decente y
honrado, ni aunque el hombre tomara la pelota con las dos manos. En cambio, los
jugadores pérfidos, holgazanes o alcahuetes eran penados a cada intervención.
Creía que su silbato no estaba al servicio del reglamento, sino para hacer
cumplir los propósitos nobles del universo. Aspiraba a un mundo mejor, donde
los pibes melancólicos y soñadores salen campeones y los cancheros y
compadrones se van al descenso.
Parece increíble. Sin embargo, todos hemos conocido árbitros
de locura inversa, amigos o lacayos de los sobradores, por temor a ser sus
víctimas. Inflexibles con los débiles y condescendientes con los matones. Una
tarde casi lo matan en Ciudadela. Los Hombres Sensibles de Flores lamentaron no
haber estado allí, para hacerse dar una piña en su homenaje.
Los demonios ladrones andan merodeando cerca de las canchas.
Cuando la pelota se va lejos, la ocultan entre los yuyales o en las zanjas para
que los jugadores no puedan encontrarla. Ya en la noche, llevan las pelotas
perdidas a un patio secreto.
Los demonios realizan además acuerdos infames con vecinos
chúcaros. Y en las madrugadas recorren techos, canaletas y terrazas para
comprobar su despojo.
Nadie lo sabe, pero en el patio están todas las pelotas
perdidas: duras reliquias con tiento, flamantes cueros profesionales, humildes
"Pulpo' de goma, infames bolas de plástico que doblan en el aire, ásperas
veteranas que han conocido mil costurones.
Un día entre los días vendrá del sur un duende bienhechor
que ha de sacar las pelotas cautivas para devolverlas a sus dueños Y todos
sentirán la emoción de revivir viejos piques olvidados.
Instrucciones para elegir en un picado
Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se
disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a
establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se
enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige
alternativamente a sus futuros compañeros.
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros
turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido
dramático de estos lances.
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación
que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida
lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el
grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia,
conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó
que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se
creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían
preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era
jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca
de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es
también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo
ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres
que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir
la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.
Había jugado muchos años en primera. Ahora, los muchachos lo
habían convencido para que integrara un cuadro de barrio en un torneo nocturno.
-Con usted Bottaro no podemos perder
Bottaro no era un pibe, pero tenía clase. Confiaba en su
toque, en su gambeta corta, en su tiro certero.
Su aparición en la cancha mereció algún comentario erudito:
-Ese es Bottaro, el que jugó en Ferro, o en Lanús...
Se permitió el lujo de unos malabarismos truncos antes de
empezar el partido.
La noche era oscura y fría. Las tristes luces de la cancha
de Urquiza dejaban amplias llanuras de tinieblas donde los wines hacían
maniobras invisibles.
En la primera jugada, Bottaro comprendió que estaba viejo.
Llegó tarde, y él sabía que la tardanza es lo que denuncia a los mediocres: los
cracks llegan a tiempo o no se arriesgan.
Pero no se achicó. Fue a buscar juego más atrás y no tuvo
suerte. Se mezcló con los delanteros buscando algún cabezazo y la pelota volaba
siempre alto.
Apeló a su pasta de organizador: gritó con firmeza pidiendo
calma o preanunciando jugadas, pero sus vaticinios no se cumplieron. Ya en el
segundo tiempo, dejó pasar magistralmente una pelota entre sus piernas pero el
que lo acompañaba no entendió la agudeza.
Después se sintió cansado. Oyó algunas burlas desde la
escasa tribuna. En los últimos minutos no se vio. A decir verdad, cuando
terminó el partido, ya no estaba. Lo buscaron para que devolviera su camiseta,
pero el hombre había desaparecido. Algunos pensaron que se había extraviado en
las sombras del lateral derecho.
Esa noche, unos chicos que vendían caramelos en la estación
vieron pasar por el caminito de carbonilla a un hombre canoso vestido con
casaca roja y pantalón corto.
Dicen que iba llorando.
Los Refutadores de Leyendas definen el fútbol como un juego
en que veintidós sujetos corren tras de una pelota. La frase, ya clásica, no
dice mucho sobre el fútbol, pero deschava sin piedad a quien la formula. El
mismo criterio permite afirmar que las novelas de Flaubert son una astuta
combinación de papel y tinta. ¡Líbrenos Dios de percibir el mundo con este
simple cinismo!
El fútbol es -yo también lo creo- el juego perfecto.
Hoy que el destino ha querido hacernos campeones mundiales,
conviene decirlo apasionadamente.
Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el
ejemplo de nuestros
futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas
cumplo con homenajear a Bottaro, a Ferrarotti, a Luciano, a los miles de
pioneros atorrantes que impartieron una ética, una estética, tal vez una
cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables,
excelentísimos de Diego Maradona.¶
La decadencia de la amistad, de Alejandro Dolina
La decadencia de la amistad, de Alejandro Dolina
Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y
Morón fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se
contentaban con saber que el otro estaba allí.
Muchos pensadores han creído notar que, en estos tiempos, la
amistad es mas un tema de conversación que una actividad concreta.
Por cierto, es relativamente fácil encontrar personas
dispuestas a componer canciones sobre los amigos. En cambio es bastante difícil
conseguir que esas mismas personas le presten a uno dinero.
Según parece, el sentimiento amistoso se halla en
decadencia. Todos los días uno tropieza con canallas que lejos de preocuparse
por la escasez de amigos, se jactan de ella.
-Yo, amigos, lo que se dice amigos, tengo muy pocos, o ninguno-
nos gritan en la cara. Y no advierte que el sujeto esta esperando que lo
feliciten por semejante hazaña.
En los años dorados de Flores, cuando alcanzaban su apogeo
la comprensión, la poesía y el juego del codillo, también existían enemigos de
la amistad que preocupaban a los Hombres Sensibles.
Manuel Mandeb, el metafísico de la calle Artigas, coleccionó
algunas de sus obtusas opiniones en un opúsculo titulado maliciosamente:
Los amigos.
Como ya es costumbre, transcribimos algunos párrafos.
- La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia.
Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía,
los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y
vive aventuras en la juventud.
Después casi todo el mundo consigue algún empleo en casas de
comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con
una patota.
-A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la
familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho mas divertidos
que el tío Jorge. Durante mas o menos una década nadie estará mas cerca de
nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos,
debe hacerlo en ese periodo. Después será demasiado tarde...
Según se aprecia, el criterio de Manuel Mandeb es
interesante y tal vez verdadero.
Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que
esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos
y cuñados.
Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados
en círculos parecidos.
Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas.
Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de
la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con
los amigos viejos, que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historias a
sus amigos: las vive con ellos.
A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb, existió en
Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios.
Fue la celebre Proveeduría de Amigos de Ocasión. Sus fines
de lucro eran innegables. Todavía hoy se recuerda su slogan publicitario:
-Tenga un amigo desinteresado. Páguelo en cuotas.
Con solo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un
clima amistoso y amplio. Los empleados sabían como atacar.
-Buenas tarde. No sabes lo que me hizo esta mañana la bruja
de mi mujer.
Y a los treinta segundos uno se sentía entre amigos.
Después, entre palmadas, guiños, pellizcones y confidencias, los comerciantes
iban mostrando el amplio catálogo de la proveeduría.
Tenían amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta
veces la historia de una operación. Amigos complacientes, siempre amables y
elogiosos.
Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedían a
los gritos.
Amigos divertidos, ruditos en cuentos picantes y expertos en
bromas pesadas.
También se prestaba un servicio un tanto oneroso,
especialmente para personas encumbradas.
Consistía en el alquiler de una cohorte de adulones que
acompañaban al cliente a todas partes, se reían de sus chistes, aplaudían sus
ocurrencias y suscribían con entusiasmo cualquiera de sus pensamientos.
Precediendo a esta comparsa, solía marchar un corneta, que abría
la puerta de los bares y asomando la cabeza gritaba:
-Ahí viene el doctor Del Prete...!
El trabajo se hacia tan bien, que muchos de los contratantes
ya no podían prescindir de él, nunca más. Muchos profesionales del barrio
extinguieron su fortuna pagando este servicio de la agencia.
Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los
Amigos de Ocasión en sus horarios. Cuando vencía el plazo estipulado, se
terminaba la amistad.
Sin saludar, los contratados daban media vuelta y se iban,
muchas veces interrumpiendo una carcajada o librándose bruscamente de un abrazo
fraternal.
Sin embargo, hay que admitir que algunos aspectos del
funcionamiento de la proveeduría eran bastante nobles.
Por ejemplo, la Sección Niños permitía que los padres
eligieran a los amigos de sus hijos, sin correr riesgo alguno.
Para ello se contaba con un numeroso plantel de chicos e
incluso enanos, adiestrados en diferentes actitudes.
Según el gusto paterno, podían encontrarse pibes atorrantes
para avivar a los pequeños pelandrunes, niños estudiosos para estimular a los
adoquines, y criaturas educadas y juiciosas para serenar a los más
piratas.
Desde luego, no pudo evitarse que muchos chicos se
resistieran a la decisión de los padres. Así se oían con toda frecuencia en
Flores frases como esta:
- Camine a jugar con los amiguitos que le alquilo su padre,
caramba...!
Asimismo existía un departamento para Damas, con un amplio
surtido de chimentos. Algunos malintencionados decían que las mujeres no
contrataban amigas, sino enemigas, pero ese es otro asunto.
El fracaso más estruendoso fue el de la sección Amistades
Mixtas. Nada cuesta razonar que los caballeros que solicitaban amigas escondían
casi siempre otras intenciones.
No se espante el lector pensando que nos internaremos en un
tema tan manoseado como el de la amistad entre la mujer y el hombre. Vale la
pena -eso sí- recordar lo que dijo Manuel Mandeb a una amiga suya, tal vez
alquilada en la proveeduría.
-Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No trataré de
seducirla ni me pondré romántico ni le haré propuestas indecorosas. Pero sepa
que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que
exista una posibilidad en un millón de que algo surja entre nosotros.
Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo
salga corriendo. Pero es únicamente en virtud de esa remotísima chance que yo
estoy aquí oyendo su conversación como un imbécil.
Los Hombres Sensibles nunca fueron buenos clientes de la
agencia Amigos de Ocasión.
Quizá porque sus presupuestos eran muy humildes. O a lo
mejor porque les gustaba que los quisieran gratis. En cualquier caso, los
muchachos del Ángel Gris tenían un criollo pudor en estas cuestiones.
Para ellos andar declarando públicamente el grado de amistad
que sentían por alguien era cosa de afeminados.
Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y
Morón fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se
contentaban con saber que el otro estaba allí.
Ya en su última etapa, la proveeduría empezó a ofrecer
viejos amigos.
En un principio la idea consistía en rastrear -a pedido del
cliente- el paradero de personas ausentes y lejanas. Pero como advirtieron que
la tarea era demasiado complicada, resolvieron que era más fácil inventar
antiguas amistades que rescatarlas del pasado.
Se preparó entonces un magnifico grupo de viejos mentirosos
que ante la entrada de algún candidato de cierta edad, fingían reconocerlo y le
soltaban cuatro o cinco recuerdos para ir tomando confianza.
Esta sección trabajaba mucho en las cenas anuales que suelen
realizar los ex-alumnos de los colegios. Su misión consistía en ir reemplazando
a los fallecidos y mantener siempre firme la concurrencia.
Así, en cierta reunión de egresados del Colegio Nacional Nicolás
Avellaneda, promoción 1921, se dio el curioso caso de que ninguno de los
asistentes había pisado jamás ese establecimiento, lo que no les impidió evocar
a profesores, reírse de pasadas, travesuras y brindar por encuentros
futuros.
Con el tiempo, la actividad de la agencia fue amenguando.
Contribuyó a este hecho cierta mala prensa que siempre tiene la amistad entre
los espíritus escépticos.
En Flores, y en todos los barrios, se contaban leyendas
sobre las traiciones de los amigos y sobre las ventajas de la soledad.
Todavía en nuestro tiempo hay personas que se complacen en
declarar que los perros son mas leales y sinceros que los humanos. Cabe sobre
esto una pequeña reflexión.
Tal vez sea cierto que los perros no traicionan. Pero esto
no es en realidad una virtud del animal. Ocurre simplemente, que la módica organización
mental del perro le impide realizar procesos tan complicados como una estafa.
Es decir: los perros no pueden traicionarnos, por la misma razón que no se les
permite escribir novelas.
Hoy cuando ya no existe la Agencia Amigos de Ocasión, vale
la pena preguntarse si no será necesario inventar algo para reemplazarla.
Será difícil, desde luego. Nadie podrá rescatar a los amigos
perdidos. Poco podrá hacerse para librarnos de los desconocidos que llenan
nuestro tiempo.
En todo caso, cada uno de nosotros deberá cuidar lo poco que
tenga. Sin componer canciones ni escribir poemas. Se trata únicamente de
sentarse un rato en la vereda o de matear en silencio con los que están más
cerca de nuestro espíritu.
Si uno no tiene ya a los de antes, cabe decir que tal vez
existen en el mundo amigos viejos a los que todavía no conocemos.
Yo mismo, las otras noches resolví salir de mi encierro y
lleno de ilusiones me encamine a cierta esquina que conozco. Tenía ganas de
fumar en silencio junto a tres o cuatro sujetos que se estacionan en ese
lugar.
Pensaba además cosechar algún guiño amistoso después de
estos años en que estuve tan ocupado.
Pero algo raro debe haber sucedido, porque no había nadie.¶
Balada del amor imposible, de Alejandro Dolina
Los cronistas más serios del barrio del Ángel Gris coinciden
en destacar la propensión de sus habitantes hacia los amores imposibles.
Así, mientras los jóvenes de otros barrios se enamoran de
muchachas groseramente posibles, los hombres de Flores parecen condenados a
amar - casi siempre en secreto - a mujeres que no serán para ellos.
Y en honor a estas damas es que los Hombres Sensibles hacen
lo que hacen.
Algunos emprenden desde chicos el estudio del violín,
únicamente para aprender a tocar un vals en obsequio de su amada. No importa
que ella no alcance jamás a oírlo. Ese no es el punto.
Otros indagan los secretos de la versificación y se sumergen
en el dolor para lograr una poesía.
Hay quienes se ejercitan en el coraje y cultivan la guapeza.
Y no faltan los que eligen la melancolía o la locura.
Piensan los Hombres Sensibles que siendo mejores merecerán
ser amados. Y para la ética sentimental de este barrio, los mejores hombres son
artistas, valientes, tristes o locos.
Por eso los muchachos más virtuosos de Flores sufren por
amor.
Esta realidad ha despertado la atención de todos y la piedad
de muchos.
Cada semana, los enamorados de Flores reciben el consejo de
sus amigos sabios de otras barriadas.
- ¿Por qué amar a la Gran Marquesa del Norte, que es en
realidad un duende? ¿Por qué no conformarse con la hija del yesero?
Son voces tentadoras que exponen las ventajas del amor
razonable.
A estas exhortaciones, los Hombres Sensibles responden - no
sin acierto - que en el amor no existe el libre albedrío y que nadie puede
decidir de quién va a enamorarse.
Sin embargo - ya a riesgo de caer en especulaciones
psicológicas fuera de tono - cabe reconocer que los muchachos del Ángel Gris
tienden a aproximarse sentimentalmente a las mujeres que menos les convienen.
Los tratadistas de Villa del Parque y los Refutadores de
Leyendas sostienen que buscar pareja es una tarea enteramente racional y hasta
científica.
Vale la pena citar la novela didáctica "Hoy te amo con
la cabeza", del profesor Amadeo Battista. Esta obra esconde - apenas - la
tesis antedicha, entre los rotosos pliegues de su trama.
Parecidos criterios auspicia la esposa de este pensador, la
doctora Alba C. de Battista en su libro "Me casé con un cretino".
Muchos hombres de negocios, comerciantes e industriales de
la zona han entendido que el amor imposible es cosa nefasta, no sólo para el
que ama, sino también para el desarrollo de las actividades productivas en
general.
Declaran estos lúcidos mercaderes que, por lo común, los
enamorados sin esperanza son pésimos empleados, más atentos al recuerdo de unos
ojos pardos que a la correcta realización de una nota de débito.
Tratando de reducir el número de desencuentros amorosos en
beneficio de la felicidad general, los Refutadores de Leyendas con la ayuda de
dos contadores de la Sociedad de Fomento de Villa Malcolm, prepararon las
Tablas del Amor Infalible, especie de regla de cálculo según la cual las
medidas del cuerpo del hombre, su coeficiente intelectual, su edad, su
educación, fortuna y berretines determinaban de un modo preciso a la mujer más
conveniente para sus planes amorosos.
Esto es ni más ni menos que la refutación de una leyenda o -
lo que es peor - su reducción a términos científicos. La leyenda es ésta:
"Hay para cada hombre una mujer, una sola, que reúne
todas las virtudes que ese hombre sueña. Su belleza está hecha para deslumbrar
a ese hombre.
Su voz ha sido creada para seducirlo. Su inteligencia, para
suscitarle y sugerirle ideas amables. Su ternura, para hacerle dulce el diario
sufrimiento.
Esa mujer existe y anda por esas calles. Pero el destino ha
decidido que nunca jamás se crucen los caminos de ningún hombre con la mujer
que para él fue concebida."
Manuel Mandeb asegura en sus Memorias que cierta tarde creyó
reconocer a lo lejos a la mujer que le correspondía, conforme a la leyenda.
Inmediatamente se trabó en lucha con el destino y trató de alcanzar a la
muchacha. Lo consiguió en la esquina de Artigas y Avellaneda. Luego de
interceptarle el paso, procedió a explicarle la vieja creencia de los Hombres
Sensibles, mientras se secaba el sudor y trataba de recobrar el aliento.
Pero la mujer no conocía la leyenda, o tal vez la conocía y
la acataba puntualmente: dio media vuelta y se fue por Artigas hacia el norte.
Y ya que mencionamos a Manuel Mandeb, conviene recordar que
su ilegible prosa se alzó solitaria frente a los tratados racionalistas y a los
inventos de los Refutadores de Leyendas.
El polígrafo de Flores dejó un voluminoso estudio caratulado
Registro de amores imposibles en la línea del Sarmiento.
La obra consta de 914 fichas que corresponden a otros tantos
casos concretos de amor sin recompensa. Está dividida en cuatro capítulos:
El primero, subtitulado Nunca le dije nada, es el más
extenso y registra episodios protagonizados por enamorados silenciosos.
El segundo, Negativas expone 115 rechazos, sus motivos, sus
términos y consecuencias, para no hablar de otros detalles más bien superfluos
que suelen recargar toda la obra de Manuel Mandeb.
El tercer capitulo, Amargo desengaño, cataloga 126
decepciones, incluidas cuatro padecidas por el propio autor.
El cuarto y último capitulo es un inspirado texto romántico
que se conoce como Elogio del amor inconcluso. Veamos este párrafo:
"...Así como las personas que mueren en la plenitud nos
ahorran el recuerdo de su vejez, los amores interrumpidos abruptamente siguen
viviendo en nuestro corazón no como brasas agonizantes, sino como horrorosas
llamas que queman cada noche...
"...No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los
romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al
encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son
siempre pasión."
Pero dejemos ya a Manuel Mandeb y reflexionemos sobre ese
delicado asunto. Es cierto que infinidad de personas decentes viven la módica
dicha del amor común y corriente.
Pero el amor imposible, aquél del cual solamente son capaces
los Hombres Sensibles de Flores, es el único cabalmente maravilloso y digno de
admiración.
Ocurre así: un muchacho se enamora de la Mujer Más Hermosa.
Desde ese momento, su vida no tiene otro sentido que ese
amor.
Sin embargo, el hombre sabe que no tiene chance en esa
carrera, pues las Mujeres Más Hermosas suelen casarse con otros caballeros,
generalmente ricos o buenos mozos o ambas cosas.
Sus buenos amigos le aconsejarán el olvido, pero este hombre
ha nacido en Flores y no tiene la menor intención de gambetear el dolor.
Y cada día deja mansamente que la tristeza le invada los
huesos y que tiña hasta el último de sus pensamientos.
A veces, las distracciones y los mundanos asuntos amenazarán
con hacerle olvidar siquiera por un momento su amor y pesadumbre. Pero el
hombre reaccionará inmediatamente y se sumergirá otra vez en su propio abismo.
Que nadie se engañe. Este hombre que ríe a carcajadas cuando
algún conocido le refiere el cuento de los supositorios, está pensando en su
amor imposible.
Y la sangre que hincha sus venas es negra y espesa.
Pero, atención. Este amor que lo hace desgraciado es el que
le hace mejor. El ya ha renunciado a la Mujer Más Hermosa. Jamás padecerá
decepciones. Su pasión no envejecerá ni se envilecerá. Nadie podrá engañarlo.
Y a fuerza de bañarse cada día en el sufrimiento, habrá
aprendido el secreto de la resignación.
Los caballeros exitosos no conocerán jamás la verdadera
esencia de amor imposible. Ellos jamás juegan su vida a una sola baraja. Con
toda prudencia realizan inversiones en uno y otro lugar para compensar con unas
las pérdidas ocasionadas por otras.
Pero el amor imposible no es cosa de prudentes sino de
Quijotes.
Sólo cuatro veces en doce años vio Alonso Quijano a Aldonza
Lorenzo.
Jamás cruzaron palabra. Pero eso le bastó para vivir en ella
y por ella. Sin esperar recompensa.
Por eso, señores, si acaso atesoran ustedes uno de estos
metejones locos, a no arrepentirse. Sigan soñando y esperando lo imposible.
Aunque sepamos que nuestras ilusiones no habrán de cumplirse nunca, sigamos
acariciándolas. Lo contrario sería - como pensaba Wimpy - confundir una ilusión
con un pagaré.
Será una larga jornada. Muchas veces tendremos ganas de
contar nuestra pena, pero no podremos hacerlo, para no profanarla. Siempre
estaremos solos y tristes, pero no es para tanto. Después de todo, ya se sabe
que los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos.
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